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miércoles, 2 de marzo de 2011

"Waiting for the Barbarians" by J.M. Coetzee

"I have not entered her. From the beginning my desire has not taken on that direction, that directedness. Lodging my dry old man's member in that blood-hot sheath makes me think ofacid in milk, ashes in honey, chalk in bread. When I look at her naked body and my own, I find it impossible to believe that once upon a time I imagined the human form as a flower radiating out from a kernel in the loins. These bodies of hers and mine are difuss, gaseous, centreless, at one moment spinning about a vortex here, at another curdling, thickening elsewhere; but often so flat, blank. I know what to do with her no more than a cloud in the sky knows what to do with another"

J. M. Coetzee.
Wainting for the Barbarians


martes, 28 de septiembre de 2010

Brooklyn Follies by Paul Auster

..."Yes, I suppose you could. And you'd wind up regretting it every day for the rest of your life. Don't go there Joyce. Try to roll will the punches. Keep your chin up. Don´t take any wooden nickels. Vote Democtrat in every election. Ride your bike in the park. Dream about my perfect, golden body. Take your vitamins. Drink eight glasses of water a day. Pull for the Mets. Watch a lot of movies. Don't work too hard at your job. Take a trip to Paris with me. Come to the hospital when Rachel has her baby and hold my grandchild in your arms. Brush your teethe after every meal. Don't cross the steet on a red light. Defend the little guy. Stick up for yourself. Remember how beautiful you are. Remember how much I love you. Drink one Scotch on the rocks every day. Breathe deeply. Keep your eyes open. Stay away from fatty foods. Sleep the sleep of the just. Remember how much I love you."

from Brooklyn Follies by Paul Auster



lunes, 12 de octubre de 2009

de: "La Hermandad de la Buena Suerte" de Fernando Savater

Ya era hora, desde luego. Hasta ese momento, el Pinzas estaba francamente descontento de sí mismo. ¡Un sábado soleado, el hipódromo alegremente lleno de candidatos al expolio de la más variada condición y habían transcurrido ya dos carreras sin pescar absolutamente nada! No es que el Pinzas fuese apresurado ni ambicioso, tenía para eso demasiados años de práctica a sus espaldas. El primer mandamiento de su decálogo profesional ordenaba la paciencia por encima de todo. Siempre que lo había transgredido, acabó en la comisaría. ¿Otros mandamientos? Fijar bien el objetivo y familiarizarse con él (hacerse su sombra, en la jerga del Pinzas, hasta el punto de que la cartera del prójimo vigilado llegase a parecerle suya, incluso antes de apoderarse de ella); anticipar la ocasión favorable un minuto antes de que efectivamente se presentara, de tal modo que la mente iniciaba el gesto definitivo anticipándose con visión de futuro al instante de ponerlo en práctica; llegado el momento, actuar con decisión, sin vacilación ni enmienda, siempre una sola vez y no más; si el gesto fracasaba a la primera, renunciar de inmediato, nunca insistir, alejarse discretamente y buscar otro objetivo. Y aguardar: cuanto hiciese falta y hasta un poco más.

Pero incluso siguiendo estas sanas reglas de conducta -así reflexionaba el Pinzas, que siempre mostró inclinación por la consideración general, incluso filosófica, del empeño humano en este mundo hostil-. lo cierto es que solían detenerle a uno. Veamos: él se consideraba sin vanagloria ni falsa humildad entre la gama alta de su gremio. Pues, bueno, aun asó lo normal era que le pillasen al menos una vez cada tres meses. Su récord, establecido precisamente el pasado año, estaba en doscientos quince días operativos sin interrupción legal. Una racha de suerte, para qué engañarse. El período de bonanza normal oscilaba entre noventa y ciento diez. Después, el manido fastidio del calabozo, la inane charla con el juez, el breve paso por algún establecimiento público cuyo funcionamiento conocía desde luego mejor que sus administradores. ¡Merecia la pena ese trasiego? El Pinzas suspiró (aunque sólo mentalmente, porque mientras tanto se desplazaba con diligencia desde las taquillas de apuestas hacia el paddock, así que no era cosa de derrochar aliento) y se dijo que la pregunta adecuada no era ésa, sino más bien esta otra: ¿tengo alguna alternativa fiable, rentable y alcanzable, aquí, ahora y a mi edad? Como tantísimos otros antes que él -profesores de metafísica, banqueros, políticos, grandes generales, esposos y esposas sin alivio, vendedores de electrodomésticos, el mismísimo Héctor dubitativo antes de enfrentarse a su asesino Aquiles-, la respuesta que se volvió a dar el Pinzas fue la misma de siempre, la previsible, la irremediable, la que a fin de cuentas mejor nos arropa: no.


martes, 8 de septiembre de 2009

de "Atonement" por Ian McEwan

"They were safe, Cecilia was with Leon, and she, Briony, was free to wander in the dark and contemplate her extraordinary day. Her childhood had ended, she decided now as she came away from the swimming pool, the moment she tore down her poster. The fairy stories were behind her, and in the space of a few hours she had witnessed mysteries, seen an unspeakable word, interrupted brutal behavior, and by incurring the hatred of an adult whom everyone had trusted, she had become a participant in the drama of life beyond the nursery. All she had to do now was discover the stories, not just the subjects, but a way of unfolding them, that would do justice to her new knowledge. Or did she mean, her wiser grasp of her own ignorance?"

lunes, 30 de junio de 2008

de "El vuelo de la libélula"

..."Mira, querida mía... Hace dos mil años, para ser tolerante bastaba con estar en contra de la aniquilación sistemática de ladrones y criminales. La mayoría de la gente encontraba normal la pena de muerte, la sumisión de las mujeres, la esclavitud, la ley de los religiosos y la del caudillo local. El que proponía que ejecutaran a los ladrones sin torturarlos primero pasaba ya por ser un estíritu tolerante o, para los encargados de mantener el orden, por un loco utopista cuyas ideas progresistas serían la perdición de la sociedad. Hoy, cuando cualquier gilipollas canta las virtudes de la tolerancia, resulata cada vez más difícil ser su abanderado y es imposible distinguirse de la masa moral. Los tolerantes ya no escandalizan a nadie, ya nadie los critica ni los elogia. Antes la tolerancia era una especie de aristocracia de los espíritus más vanguardistas; hoy, en cambio, como se ha popularizado, esos aristócratas, para no perder su posición, tienen que llevar su tolerancia hasta extremos que hace un siglo no habrían ni imaginado. Buscan otros límites, en el sexo, el arte, las drogas, van allí donde estén solos, lejos de los bienpensantes, que marcan el límite que ellos han de traspasar. Necesitan la moral mayoritaria para oponérsele, para gritar <> y sentirse herederos de los que antaño se jugaron la vida combatiéndola. Pero no arriesgan nada, y, además, así ganan más dinero y tienen más fama."
Si había algo que Zora aborrecía más que la intolerancia, era la tolerancia...

Martin Page

martes, 8 de enero de 2008

Descubriendo la literatura blog

Recomiendo ampliamente leer a Hernán Casciari, un argentino viviendo en Barcelona, que aparentemente ha encontrado en los blogs un lenguaje propio. Mi cuento favorito se llama: La madre de todas las desgracias, y se puede encontrar en Orsai.